
Escandar es un tipo discreto, pese a ser uno de los escritores que se mueven por Madrid con mejor poética. Simpático, dicharachero, siempre sonriente, escribe textos cargados de poesía tanto si los hace en prosa como si lo hace en verso. Directo, claro, conciso, hiriente, mordaz y sobre todo sincero. Publicó el libro Alas de mar y prosa con la editorial de Malasaña Ya lo dijo Casimiro Parker del que ha agotado su primera edición y acaban de publicar su segunda edición ampliada y revisada. Fundador y coordinador de la revista literaria Pro-vocación. Siempre metido en miles de historias relacionadas con cine y fotogramas. Él es Escandar Algeet, siempre debajo de su sombrero. El 15 de diciembre de 2011 pudimos disfrutar de sus versos y su prosa junto a Carlos Salem en Los Diablos Azules en un recital que llevaba por título Confieso que he bebido.
Biografía:
Nací en Palencia en el 84 y allí me crié rodeado de mujeres que me biencuidaron hasta verme hecho todo un hombrecito. Soy de esa generación que creció en el interior de una sala de máquinas, la adolescencia me sentó como un fin de siglo y ya en el nuevo milenio me dije que lo mío tendría algo que ver con hacer películas, y me puse a ello. Estudié dirección
cinematográfica en Ponferrada, ciudad sin ley, y luego vine a Madrid a enamorarme de la ciudad y de alguno de sus habitantes. O de alguna, para ser más exactos. Durante todo este puñao de ellos he trabajado un poco de todo pero sobre todo detrás de una barra. He escrito un libro que Marcus e Isa tuvieron la valentía y el cariño de publicarme (Alas de Mar y Prosa), he editado la revista Pro-vocación, que es como el gato rebelde de la poesía (nunca sabes dónde y cuándo encontrarla) y sigo metido en mil movidas de letras y fotogramas que no me dan de comer pero sí me quitan el hambre perenne que tengo…de vida.

Su relación con Malasaña:
Pues al principio era el barrio que todo provinciano que llega a comerse el mundo tiene redondeado en rojo, bien señalado, y con ese caché de a quien su fama le precede. luego empecé a ir por el Bukowski, y cuando quise ver la situación un poco desde fuera estaba metido en todo el jaleo nocturno y creativo del barrio. Quien dice todo quiere decir una parte, claro. Cada uno ataca por donde puede en esta guerra y Malasaña es enteramente inabarcable. Empecé a currar de camarero, primero en el mismo Bukowski, y después en el Albur y el Este o este, donde aun sigo. Me gusta el barrio. Me encanta. Yo siempre digo que soy más de Lavapiés, que a Malasaña lo han domesticado un poco, con tanto poli en cada esquina, tanto problema de horarios y tanta delicatessen en los nuevos garitos. Ya no se abren antros tipo el Bukowski, y eso pues oye, a uno le da penita porque me gustan ese tipo de sitios. Pero sigue siendo Malasaña, sigue respirando vida en cada esquina y está llena de gente intentando hacer cosas por sus calles. Algún día viviré allí. Es algo que tengo pendiente y que haré. Seguro. No me puedo quedar sin probarlo.
Entrevista:
Acaban de sacar la segunda edición de su primer libro publicado que lleva por título Alas de mar y Prosa (Ya lo dijo Casimiro Parker 2010). ¿Qué tal sienta eso de agotar una primera edición de poesía en 1 año de su primer libro además?
De puta madre. Es decir: te hace subir el orgullo unos peldaños, y sentirte todavía más agradecido de lo que ya estaba no solo a Marcus e Isa (los dueños de Casimiro) por su apuesta sino a la gente que me lee, que deja su tiempo en lo que yo escribo, y también su dinero, que nunca sobra. Así que solo puedo dar las gracias y tratar de estar a la altura.
Por favor, descríbanos que va a encontrar el lector que se acerque a este Alas de mar y prosa.
Desorden. Se van a encontrar todo el abanico de sentimientos de una vida totalmente desordenada. Hay poesías hechas con cariño y delicadeza, otras duras como el frío cuando duele, relatos, un guión de un corto incluso. Es un cocktail de textos que me van radiografiando, porque mayoritariamente hablo de mi gente, de mi familia y de mis amigos, que al final es lo único que uno de verdad tiene, y a mí eso me crea unas ganas enormes de contárselo a la peña, de decirles: mirad, esta gente y sus historias son increíbles y tenéis que saberlo y yo os lo voy a contar.
Usted es de esos primeros poetas que se acercaron a las Jam Session de Bukowski Club. Díganos, ¿que recuerda de aquellas primeras sesiones?
Pues el primer día recuerdo que fuimos 4 personas. Isabel (García Mellado), que era quien me había dicho que fuera, Fran Acaso, Daniel Herrera y yo. De aquella, como éramos poquitos, se hacía un descanso en el medio y luego había una segunda ronda. Yo nunca había leído antes en público, pero no estaba demasiado nervioso. Además estaba mi hermana, silvi, patty, vamos, que me arropé con bien de gente esa noche. Y luego el pedo, claro, que como siempre en el Buko es brutal, como la honestidad.
¿Qué opina de la poesía en los bares y de aquellos que piensan que no es su sitio?
Pues que, como la poesía no es algo tangible que puedas coger, no creo que tenga un sitio idóneo para estar. Yo creo que viene y va, y lo importante es que llegue a la gente. Si lo consigues en una librería de puta madre. Si es en un bar, pues también. Ya está demasiado arrinconada como para que encima nosotros mismos la limitemos espacialmente. Lo que sí, y esto es innegable, es que el rollo noche y alcohol la sienta muy bien. A la poesía. Se la ve muy guapa con dos cervezas de más, y qué coño, seamos sinceros: la poesía puede servir para el noble arte del ligoteo (todos escribimos de amor, y no creo que sea para masturbarnos). La ley antitabaco, eso sí que la ha sentado mal. Este año en los recitales he echado de menos el humo.
¿Sigue participando en Jam Sessions (de Bukowski Club o de cualquier otro lugar)?
Poco. Algún martes a los diablos azules sí he ido, pero más a escuchar que a leer. Porque como he estado haciendo recitales, pues siento que si leo mucho quemo los poemas, dejo de sentirlos. Yo no sé cómo lo hacen los cantantes, pero yo me veo incapaz de leer semanalmente (ya no digo ni a diario) los mismos textos. Al bukowski voy a tomarme cervezas y a algún recital a escuchar, pero los miércoles me han pillado este currando y me ha sido imposible ir, aunque sí me gustaría. Echo de menos ese metro cuadrado.
¿Qué es lo mejor que se ha encontrado en el mundo poético?
A Sol, que la conocí en un recital. A Silvi, Gsus, Guille, Patty, Carlos, Batania, Marcus, Isa, Dani, Víctor, Antonio, Inés, Paco, Oscar, Ernesto, Jordi, Ester, Josep, Garzi, Julen, tú, y todos los que se me olvidan así de un vistzazo. Las personas que lo pueblan. Son increíbles en una gran mayoría. Tipos llenos de intentos con sus modestas victorias y sus irremediables fracasos. Con eso me quedo. Esa peña me ha enseñado mil maneras de reír y de llorar. Y eso es inquitable (si es que existe la palabra).
Su familia está muy presente en sus textos ¿influye la familia, los orígenes en lo que se escribe?
En mi caso al menos sí. Y supongo que en el caso de otros también, y habrá en quien no, claro. Pero para mí, yo qué sé. Mi madre, mi hermana, mi padre, mis tías…son gente que se ha dejado la vida enseñándome a vivir la mía, y nada de lo que yo pueda escribir llegará nunca a ser ni la mitad de la mitad de lo que les debo. Y como dice Silvi: los amigos son familia. También va por ellos todo esto que digo.
También es una de las personas que sacan adelante una revista literaria que lleva por nombre ProVocación. Cuéntenos en que consiste este proyecto, cuál es su futuro y como se pueden conseguir ejemplares.
Vaya lío en que me metes cabrón. Provocación es un proyectillo igual de desastre que su editor, que soy yo. Al principio traté de darle una regularidad y hacerlo de forma seria. Pero luego me dije: escandar, a quién tratas de engañar, ¿a ti mismo? Así que ahora mismo es una revista que hago cuando me sale y puedo, meto todo el conglomerado de estilos y formas que veo en el ambiente, también incluyo fotografía, collage, relatos, lo que sea, si se puede poner sobre el papel y me flipa pa ahí que va. El futuro es hacer el número 5. Hace más de un año que empecé a pedir los textos y el día menos pensado me pongo a maquetarla y el segundo día menos pensado voy y la saco. En el último número participaron 65 personas, y esta vez quiero que sean todavía más. Pero eso lo dificulta mazo. Si sigo dejándola crecer se me va a hacer inabarcable. Para conseguirla: en bares, en el este o este, en el Buko y en sitios así. En las presentaciones. Y hay gente que me la pide por mail, y trato de buscar maneras de hacérsela llegar. Pero ya digo que la seriedad organizativa no es su característica principal. Así que va un poco a su rollo y yo siempre digo que es como el gato rebelde de la poesía: nunca sabes ni cómo ni cuándo ni dónde te la vas a encontrar.
¿Cuál es su próximo proyecto literario?
Ni idea. Escribo lo que me sale. Luego ya veré qué hago con ello. no puedo decírtelo porque no lo he pensado, la verdad.
Como escritor ¿dónde está más cómodo, en la poesía o en la prosa?
Pues creo que estoy haciendo ese camino que te lleva del salvajismo de la poesía a la reflexividad de la prosa. Va por épocas también. Y en función de lo que esté leyendo en cada momento voy pa un lado o pa otro. Eso es como la cerveza o el kalimotxo. Depende del día, la situación, las ganas y todo eso.
Para finalizar, recomiéndonos dos libros de poesía.
De laura y otras muertes, de Ernesto Pérez Vallejo. Increíble este tipo. Ha sacado una tirada pequeña y lo va a petar. Al tiempo.
Y las últimas palabras de Harpo, de Óscar Aguado. Se me pone un nudo en la garganta cada vez que le recuerdo leyendo en el escenario de Lleida. Es la persona que más me ha emocionado al escucharle.

7 birras tiene un rato
La mierda sigue creciendo.
Sospecho que el día a día es su fuente de abono.
La lluvia empeora las cosas, Nacho Vegas no ayuda,
todo es como un ejército de ojeras.
La opción B es cerrar las grietas, tapar el sumidero,
asfixiarte de nostalgias y no comprar más el periódico.
No eres bueno, y cuentas los días de naftalina
como un cul de sac envejecido, el aliento es de polillas.
Si pulsas play, no esperes ningún juego.
Pero.
Estábamos en la barra. Mirábamos las botellas con cierto encanto,
dulzaína de cobra, movimiento de caderas, un cigarro
tras otro, pose de cerveza recién echada
y un leve gesto de afirmación
cada vez que pasaba la camarera.
El silencio era de rock, y en el escenario
la chica de la minifalda
decía que había perdido un lunar, si podíamos ayudarla
a encontrarlo,
y se mojaba la boca con su barra de larios
y miraba a los baños de reojo
tocándose con interés la nariz.
Eres droga de la buena, nena, te oí decir antes de apurar mi último trago.
Pero
no era todo lo que te iba a decir antes de que sonara el despertador.
En un rincón el abuelo sacaba su baraja de palos
y contaba los triunfos con tristeza,
se alegraba por las derrotas
y no recordaba ningún empate, “pal que los quiera, los arrojé por el water
y tiré de la cadena”,
luego palpaba su lija de barba y un sonido de rasguños
inundaba el ambiente como de bar en calma,
la gente se sentaba en la arena
y algunos hasta mojaban los pies en sus propios vasos
de lágrimas.
Pero
hay todavía unas cuantos, y voy a pedirte paciencia.
El chino estaba en la puerta soñando con garabatos
y en la mochila guardaba el último trago de la peña,
cuando nadie miraba
el volvía a su parnaso de manantial y bambúes,
los ojos se le desgarraban mirando nostálgico el suelo
y salíamos del bar tambaleando a comprarle los sueños
por dos euros de realidad, celveza sí, glacias,
y seguimos caminando calle arriba,
viniéndose abajo,
unos pasos más allá
el joven actor sin suerte
volvía a sentirse en la cola del paro
y miraba a las bailarinas de la coquette
jugar a las pin up con los porteros de la discoteca,
10 euros la entrada, chicas,
oh vamos encanto, prometemos quedarnos hasta el final…
y el joven actor sin suerte
se apoyaba en la pared
y sacaba un paquete tabaco de liar
pensando en el papel protagonista
de todas esas películas que jamás haría.
Mientras, déjame que te lo cuente,
junto al portal del última de la fila
una chica de veintialgo probaba suerte con la vomitona
y masticaba un “estoy bien” entre los dientes
cuando una amiga se acercaba a sujetarle la cabeza,
estaba tirada de medio lado
y con las manos se preocupaba de bajarse torpemente la falda
y de taparse la cara para que nadie la viera,
qué vergüenza, llévame a casa, lo siento tía y etcétera,
la lograron levantar y nos miró con ingenuidad al pasar por su lado,
no era bonita, “pero tiene algo” dijiste,
“como todas las mujeres cuando se desnudan”,
no dijimos nada más hasta pasado un buen rato,
la feria seguía vendiendo billetes de lotería
y algunos festejaban con humildad el premio de peluche
que les había tocado,
nosotros fuimos caminando entre casetas, bares a punto de cerrar
y listas de espera para el baño, los fuegos artificiales
estaban en el suelo brillando y el confeti de estrellas
no permitía pedir más de tres deseos por noche
y tampoco prometía nada de que fueran a cumplirse.
Sacaste el último cigarro que nos quedaba,
te lo pusiste en los labios y me miraste antes de despedirte:
¿tienes fuego, tío?
y el frío me llegó a los huesos con tu pregunta,
metí en las manos en los bolsillos
y saqué el mechero que habíamos robado en el primer garito,
pues claro, amigo, pues claro.
Histeria del histrionismo
Apuntaron, en algún lugar y algún tiempo,
los nombres, números
y huellas
de quienes podrían saltar algún día
sin entender que debían
pedirles permiso.
Pero no dispararon.
Ahí empezaron a tener miedo, los de abajo,
a la puntería, de los de arriba.
No porque hubieran visto la sangre
sino porque la habían imaginado.
Y aquel temor de horizonte,
aquel miedo irracional de precipicio,
aquel imposible vértigo de salto
fue creciendo
(por dentro
que es por donde crecen los horrores)
hasta ser losa brutal de fábrica,
peso de raíz y llanto
de suelo,
odio al fin y al cabo.
Y miedo, muchísimo miedo.
Decidieron vivir con ello, los de abajo,
y les dejaron vivir con ellos, los de arriba.
La rutina se hizo presagio
y las suelas de los zapatos
se acostumbraron al sabor del suelo.
Poco a poco, aprendieron a vivir esposados,
a proteger sus cárceles como casas,
a defender el lado útil de las cadenas.
Y los que más lloraron en un comienzo
fueron los primeros en reír.
Con carcajadas que retumbaban como lamentos,
con gritos publicitarios
y esfuerzo, con mucho esfuerzo.
Hasta que uno
cansado de aquel dolor sepulcral en el pecho,
decidió mirar al cielo
y sus causas,
cansado del antifaz y la máscara
decidió cortarse el pelo
y clavarse una diana
en el centro
de la nuca,
cansado de estar cansado de tener miedo
miró al abismo
cara a cara
y le dijo: dispara, si tienes huevos.
Y el abismo, en lugar de devolverle la mirada,
se refugió en su silencio,
se rió,
y pensó para sí mismo:
“en cuanto me des la espalda”.
Huevos y castañas
¿Cómo se sacan las castañas del fuego?
A los 17 mi madre vio que me iba de casa,
así que un día me cogió por banda
y me enseñó a freír un huevo.
Yo apenas había vivido más allá de las 3 calles de Palencia,
tenía un caudal de sueños por achicar
y un semáforo en rojo en la cuenta atrás de ponerse en verde.
Acababa de amanecer un nuevo siglo,
la gente de clase hacía pellas repartiendo cartas de universidad
y la castañera de la calle mayor
mientras
seguía dándole vueltas al frío.
Preocupada, intuyo, por el qué iba a comer y cómo,
mi madre
me enseñó a cocer pasta
cortar lechuga
y picar ajo para darle sabor al cerdo.
Y una tarde, como ya he dicho,
me cogió por banda
y me enseñó a freír un huevo.
Yo estaba en segundo de bachillerato
y lo único que me preocupaba
(no he cambiado tanto)
eran las chicas, el cine y la poesía
y en ese desorden
coleccionaba pósters pensando en cómo sería mi vida.
Pero mi madre,
tímida, preocupada y repleta de ternura,
insistía:
llenaba una sartén de aceite,
lo calentaba
y con los ojos me decía: aunque te quemes, tienes que ser fuerte.
Así aprendí a romper la cáscara,
a poner dos huevos sobre la mesa
y a sobrevivir en este mundo de mierda
que tanto me gusta tantas veces.
Cuando alguien me pregunta
¿cómo se sacan las castañas de fuego?
respondo
lo que aprendí viendo en las manos quemadas de mi madre:
quemándote
para que así otros,
los tuyos,
no se quemen.

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